
La eficiencia es para las tareas, la efectividad es para las personas
Cuando vivimos en x2
Por Alejandro López Roberto | Director en Ackermann Labs
En mi trabajo con líderes de todo el mundo me encuentro muy a menudo con un comentario:
“Pfff, esto de las conversaciones está muy bien, pero no tengo tiempo”.
Se lo escucho a profesionales de todo tipo de funciones, industrias y geografías.
Suelo contestar planteándoles una pregunta:
“¿Cuándo ha sido la última vez que alguien de vuestro equipo os ha dicho algo que no esperabais y os sorprendiera de verdad?”.
Silencio.
“La verdad es que hace tiempo que no pasa eso”.
Ahí estaba el problema.
Hemos importado la lógica de la fábrica a nuestras conversaciones y, de alguna manera, nos hemos convencido de que eso es liderar bien. Reuniones cortas, notas de voz en x2, decisiones por mensaje, la agenda perfecta… hasta que el equipo, poco a poco, va dejando de decir lo que piensa.
Y aquí, ahorrar tiempo sale muy caro.
Hay una trampa en todo esto que cuesta ver desde dentro. Cuando una conversación difícil se hace deprisa, raramente se resuelve. Lo que pasa es que se entierra. Y eso termina saliendo por otro lado: en forma de tensión que nadie nombra, de gente que se va sin que sepas muy bien por qué, de equipos que asienten en las reuniones y luego hacen otra cosa, de falta de resultados.
Lo he visto en clientes de sectores muy distintos, y siempre con la misma forma. El problema no era que hubiera conflicto. Era que nadie había tenido la conversación a tiempo, con calma, sin estar pensando ya en la siguiente reunión, o mirando el reloj (que, por cierto, qué mala educación…).
El tiempo que se “ahorra” comprimiendo esas conversaciones o evitándolas se paga después, con intereses.
Una pregunta que vale la pena hacerse.
¿Cuándo fue la última vez que terminaste una conversación con alguien de tu equipo sin interrupciones y sin prisas?
No me refiero a la revisión anual. N a la conversación de desempeño con el reloj mental en marcha. Una en la que el único objetivo era entender qué estaba pasando con esa persona.
Si te cuesta recordarla, tu agenda no es el problema.
Los mejores líderes que he conocido a lo largo de mi carrera no eran los que más rápido decidían sino los que conseguían que la gente les dijera lo que de verdad pensaba. Y eso no ocurre cuando la conversación empieza con “tengo diez minutos”.
Lo que la investigación lleva décadas señalando:
Crucial Learning lleva años estudiando qué diferencia a los equipos que funcionan de los que no. Y la respuesta no tiene mucho que ver con la estrategia ni con los procesos. Tiene que ver con si la gente se siente capaz de decir cosas difíciles sin miedo a lo que pase después.
Esa confianza no se genera con talleres ni con políticas de puertas abiertas. Se construye en conversaciones concretas, en los momentos en que alguien prueba a decir algo incómodo y ve que no pasa nada malo. Que de hecho pasan cosas buenas.
Y eso requiere tiempo. Requiere presencia. Requiere que quien escucha no esté ya pensando en la respuesta mientras el otro habla.
Lo que viene…
La tecnología va a seguir cambiando la forma en que trabajamos y mucho de lo que hoy hacemos de forma manual va a automatizarse. Eso es inevitable y en muchos casos bienvenido.
Pero hay algo que no va a cambiar: la gente elige con quién quiere trabajar. A quién le cuenta las cosas. A quién avisa cuando algo va mal antes de que sea tarde.
Eso no lo genera un proceso ni una tecnología. Lo genera una persona que, en algún momento, tuvo tiempo para escuchar.
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Cuando vivimos en x2
Por Alejandro López Roberto | Director en Ackermann Labs
En mi trabajo con líderes de todo el mundo me encuentro muy a menudo con un comentario:
“Pfff, esto de las conversaciones está muy bien, pero no tengo tiempo”.
Se lo escucho a profesionales de todo tipo de funciones, industrias y geografías.
Suelo contestar planteándoles una pregunta:
“¿Cuándo ha sido la última vez que alguien de vuestro equipo os ha dicho algo que no esperabais y os sorprendiera de verdad?”.
Silencio.
“La verdad es que hace tiempo que no pasa eso”.
Ahí estaba el problema.
Hemos importado la lógica de la fábrica a nuestras conversaciones y, de alguna manera, nos hemos convencido de que eso es liderar bien. Reuniones cortas, notas de voz en x2, decisiones por mensaje, la agenda perfecta… hasta que el equipo, poco a poco, va dejando de decir lo que piensa.
Y aquí, ahorrar tiempo sale muy caro.
Hay una trampa en todo esto que cuesta ver desde dentro. Cuando una conversación difícil se hace deprisa, raramente se resuelve. Lo que pasa es que se entierra. Y eso termina saliendo por otro lado: en forma de tensión que nadie nombra, de gente que se va sin que sepas muy bien por qué, de equipos que asienten en las reuniones y luego hacen otra cosa, de falta de resultados.
Lo he visto en clientes de sectores muy distintos, y siempre con la misma forma. El problema no era que hubiera conflicto. Era que nadie había tenido la conversación a tiempo, con calma, sin estar pensando ya en la siguiente reunión, o mirando el reloj (que, por cierto, qué mala educación…).
El tiempo que se “ahorra” comprimiendo esas conversaciones o evitándolas se paga después, con intereses.
Una pregunta que vale la pena hacerse.
¿Cuándo fue la última vez que terminaste una conversación con alguien de tu equipo sin interrupciones y sin prisas?
No me refiero a la revisión anual. N a la conversación de desempeño con el reloj mental en marcha. Una en la que el único objetivo era entender qué estaba pasando con esa persona.
Si te cuesta recordarla, tu agenda no es el problema.
Los mejores líderes que he conocido a lo largo de mi carrera no eran los que más rápido decidían sino los que conseguían que la gente les dijera lo que de verdad pensaba. Y eso no ocurre cuando la conversación empieza con “tengo diez minutos”.
Lo que la investigación lleva décadas señalando:
Crucial Learning lleva años estudiando qué diferencia a los equipos que funcionan de los que no. Y la respuesta no tiene mucho que ver con la estrategia ni con los procesos. Tiene que ver con si la gente se siente capaz de decir cosas difíciles sin miedo a lo que pase después.
Esa confianza no se genera con talleres ni con políticas de puertas abiertas. Se construye en conversaciones concretas, en los momentos en que alguien prueba a decir algo incómodo y ve que no pasa nada malo. Que de hecho pasan cosas buenas.
Y eso requiere tiempo. Requiere presencia. Requiere que quien escucha no esté ya pensando en la respuesta mientras el otro habla.
Lo que viene…
La tecnología va a seguir cambiando la forma en que trabajamos y mucho de lo que hoy hacemos de forma manual va a automatizarse. Eso es inevitable y en muchos casos bienvenido.
Pero hay algo que no va a cambiar: la gente elige con quién quiere trabajar. A quién le cuenta las cosas. A quién avisa cuando algo va mal antes de que sea tarde.
Eso no lo genera un proceso ni una tecnología. Lo genera una persona que, en algún momento, tuvo tiempo para escuchar.
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